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La fotografía
Regresar al pueblo siempre me produce la misma sensación de vacío, como si me sintiera culpable por estar ausente tanto tiempo. Sin embargo, ahora que estoy a tres kilómetros de Cilleros, todo me resulta tan familiar como si hubiera pasado ayer mismo por esta carretera: los olivos, las viñas, el mismo bache en la misma curva, la hierba adueñándose de las cunetas. En la carretera que viene de Moraleja siempre hay alguien que circula a 50 por hora, como si no quisiera llegar nunca. Arriba el pueblo, la sierra con su jirón de niebla prendida en lo alto. Los febreros siempre le han dado un color especial, líquido, como si siempre estuviera a punto de llover.
Son casi las tres de la tarde. Sé que no veremos a nadie por las calles, acaso algún abuelo de los que come temprano y baja a La Gloria a jugarse el café (léase el honor, en según qué casos). El Caño estará desierto; el kiosco, cerrado. Cada vez que vuelvo, nunca sé si conoceré a la gente que veré por la calle. Guapa, ya tienes edad suficiente como para tener que conocer a los más jóvenes por la pinta-
Dos kilómetros. Mi marido está concentrado en conducir, demasiado concentrado incluso. Será para no tener que prestarle atención a la irritante canción que mis hijas van cantando en el asiento trasero. Es increíble la capacidad que tienen los hombres para abstraerse, como si el mundo no fuera con ellos. Podría decirle que me voy a hacer del Ku KIux Klan y ni siquiera llegaría a mirarme. A lo sumo, me soltaría "no conozco a ese diseñador, cariño". Él, cargar el maletero; para mí, todo lo demás. Todo el día en danza. Desde esta mañana, haciendo maletas, desayunos, bocadillos, preparando a las niñas... Bueno, y un ratito para entrar en el foro de Fernando, que ese no me lo salto. Sin embargo, la foto de hoy me ha dejado un poso amargo que arrastro anclado en el paladar desde esta mañana. Es del año 81 -
Sé que estaba soñando con algo que me había pasado la tarde antes en la Lancha de Cristal con mis amigas, cualquier tontería, cuando me despertó un ruido, como de cristal que se había hecho pedazos en la cocina. Un vaso -
Miré el reloj de la mesita y vi que eran casi las diez. Deslicé mi mano sobre las sábanas para comprobar que, salvo el diminuto espacio que yo ocupaba, el resto de la cama estaba fría, casi húmeda. En Ci1leros a veces el frio era tan húmedo, que las camas parecían un poco como mojadas y por las noches había que meterse en ellas muy rápido y moverse mucho hasta conseguir calentar la parte en la que te ibas a quedar. Creo que todos los niños de mi edad aprendimos a no salirnos del lado calentito durante toda la noche.
Consigo incorporarme. Si la cama es fría, el suelo de terrazo lo es aún más, hasta el punto que consigue atravesar la goma de mis zapatillas de felpa. Llego a la cocina. Siempre era lo mismo. En el aire, el olor dulzón de la leche cociendo a fuego lento, mezclado con el de la carne guisada que mi madre prepara para estas fechas. Mi madre, de espaldas, haciendo algo en la encimera. Siempre que pienso en la cocina de mi casa, mi madre está en ella y siempre de espaldas. Su jersey de cuello vuelto sobresaliendo por encima de una bata demasiado vieja incluso para la época. A la cintura, siempre presente, el nudo del mandil. Bata, mandil y siempre de espaldas en la cocina: esa es una imagen de mi madre que siempre tengo fresca, como si la hubiera visto ayer. Me encantaba llegar a la cocina por las mañanas y abrazarme a ella. El mandil siempre estaba mojado de haberse secado las manos en él, pero, al contrario que las sábanas, la humedad del mandil era más cálida, casi refrescante. Es curioso como tomamos algunas cosas del pasado y olvidamos otras. Debe ser que no somos ni dueños de nuestros propios recuerdos.
Hola, mama.
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Estaba acabando de desayunar mis magdalenas favoritas, las de La Flora, cuando mi madre miró el reloj y se giró súbitamente hacia mí,
¡Espabila, hombre, que ya te dije que hoy a las diez y media tenías que ir a recoger las perrunillas a lo de la Margarita!
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Diez y veinte. Me vestí todo lo rápido que pude. Se me olvidaba, por aquel entonces la ropa también estaba helada. El frío y la humedad no respetaban ni el interior de los armarios. Un niño de los de hoy en día se cogería una pulmonía si se pusiera aquella ropa. Eran otros tiempos, supongo.
Me despedí de mi madre, que volvió a meterme prisa. Al pasar por el comedor, vi a mi padre sentado en una silla, inclinado sobre la escopeta. En la mesa está la bolsa con los cacharros para limpiarla. Nunca llegué a aprenderme cómo se llamaba cada cosa.
¡Hola papa! ¿Ya has vuelto? Él seguía enfrascado en lo suyo.
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No dejé que acabara la frase. Me fui. No me gustaba que hablara así de mi madre. Bajé corriendo las escaleras, haciéndolas sonar estrepitosamente. El abuelo estaría abajo. Siempre estaba allí, sentado en el saloncito de abajo, con un ojo puesto en la tele y el otro en la calle. La máquina de oxígeno hacía un ruido rítmico, artificial, urgente, como si un gran animal respirara fatigosamente justo antes de morir, intentando buscar la última bocanada de aire. Debe ser difícil acostumbrarse a convivir con ese sonido noche y día. Es como si la muerte te susurrara al oído continuamente que viene en tu busca, que no se olvida de ti, que nadie puede asegurarte el próximo aliento. Mi abuelo, sin embargo, decía que eran los suspiros de las mozas que se habían enamorado de él. Se había pasado toda la vida guardándolos y, ahora que los necesitaba, los estaba usando poco a poco para vivir.
Mi abuela murió muy joven. Yo no la conocí. Trabajaba en el campo de sol a sol y una simple rozadura del zapato, acabó por complicarse por no darle atención adecuada, -
Diez y veinticinco.
¡Hola abuelo! ¿Qué haces? -
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Mari.
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Además, -
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Cuando salí de mi casa, mi vecina Mari, entraba. Debía de tener mucha prisa, porque ni siquiera reparó en mí. No era normal que me cruzara con ella y no dejara en mis carrillos una ración de pellizcos y besos; muchos besos seguidos y muy sonoros, de esos que sólo las vecinas saben darte.
¡Amelia, ya están aquí! -
La oí cuchichear algo con mi madre, que bajó rápidamente. Mis primos, el hijo de la Mari y el otro chico, venían calle abajo, emocionados: la escopeta recién engalanada con su pañuelo rojo anudado en los caños, el preceptivo fajín a la cintura, casi completamente oculto por las dos cananas con cartuchos de fogueo que llevaba cada uno.
¡Esperadme, eh! -
Desde el final de la calle, justo antes de doblar la esquina, vi a mi vecina, cámara en mano, colocando a los mozos y a mi madre para la foto. Cuando estuvo preparada, se llevó la cámara a la cara y comenzó la cuenta atrás, pausadamente, como para dar tiempo y en voz muy alta.
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Mi padre murió en el preciso instante en que se hizo esa foto. Los disparos de los mozos se confundieron con el que mató a mi padre. Cuando volví de la panadería, mi calle estaba llena de gente. Todos me miraron con cara de pena. Llevaban escrito en la frente "pobre niña". Mi madre me recibió llorando y me dijo que esperara en casa de la vecina. Mientras la Mari me llevaba a su casa, oí a alguien que decía en voz baja que el abuelo había oído los disparos de fuera, pero uno dentro de casa. Lo han encontrado en medio de la escalera, casi asfixiado, intentando subir a ver qué había pasado. ¡Pobre hombre! -
La muerte de mi padre se comentó mucho tiempo en el pueblo. En los mentideros habituales, se dijo de todo: unos dijeron que se suicidó, porque tenía deudas de juego y era mal pagador; otros aseguraron que tenía una amante en Perales, que lo habían visto varías veces por allí, saliendo de la casa de la mujer de un viajante con muy mala leche. No te extrañe que entrara por el huerto y se lo cargara -
Mi madre miró la fotografía con calma, seria, como intentando no ver, no sentir, no recordar. Luego me miró, preguntándome con los ojos qué pensaba. Lentamente llevé mi dedo a una esquina de la fotografía, donde se veía parte de la puerta del salón de mi casa que daba al balcón. Dentro, se veía la rodilla de alguien sentado junto a la mesa del salón. Era mi padre. Mi dedo se detuvo en algo que había sobre el aparador, mientras interrogaba a mi madre con la mirada. Entonces mi madre supo que lo sabía. No me miró.
Tu padre era mu malo, hija. Mu malo. ¡No sabes cuánto! ¡Quiera dios que no te tengas que ver cómo me vi yo!
No dije nada. Me quedé mirando un buen rato al objeto de la cómoda. Cualquiera lo habría confundido con un radiocasete mono de los de entonces. Entendí entonces que cuando encontraron a mi abuelo en la escalera, no intentaba subir, sino bajar. No imagino de dónde pudo sacar las fuerzas para subir las escaleras, aunque un padre es capaz de hacer cualquier cosa por su hija.
Guardé silencio mucho tiempo, intentando hilvanar toda la historia. Yo era muy niña para entender, pero no lo suficiente para olvidar.
La Mari lo sabía, ¿no es cierto?
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Fernando Gamero Duran